Raíces y Memoria

 
 

Reportaje. Mocoare: lo que la guerra se llevó

“Mocoare es el recuerdo de mi infancia rota…”, Ella 

Este Relato no construido sino nacido de los fantasmas que acechan en tardes de intensa lluvia y del dolor y la alegría ensoñadora de una Niña, obligada a cambiar sus vestidos de colores por prendas militares y sus inocentes pensamientos por teorías conspirativas.

Ellas son personas con nombres intangibles para protegerlas de sus fantasmas (y de los nuestros, quizá más gélidos) y de sus acechadores que quisieron borrar de tajo sus apacibles hogares, sus mágicas e inocentes juventudes, pero Ella, tejedora de esta historia es una mujer bellísima, valiente y real de 21 años que ocupa un lugar predilecto en mi corazón y espero en el de ustedes también, y por su puesto será un bastión de la Memoria de El Telar de Mantas y de nuestra memoria nacional.

Publicado hace 4 años en Telesur, El Telar de Mantas pública de nuevo este reportaje, lo reedita en sus mínimas, y necesarias, modificaciones y nuevas semillas de esta Manta comunicativa.

Voces de las víctimas, relatos de una historia fragmentada por la guerra

  “…y descubrí entonces que todas las personas oprimidas comparten la experiencia común de… las vidas destrozadas y las familias deshechas”, Palden Gyatso (1). 

Por: Ismael Paredes, El Telas de Mantas
El torrencial aguacero inundó calles y casas de San José del Guaviare, la lluvia le recordaba a Ella sus primeros pasos en su finca rural, donde vivió su mágica niñez, pero también le traía con el olor a granizo y a selva húmeda que llegaba con las oleadas de fuerte viento, fantasmas estridentes que le sembró la guerra años después. Su Casa ubicada en la periferia de la capital de Guaviare, al sur de Colombia, presa de una fuerte lluvia que hacia tambalear su estructura y los árboles cercanos, se convertía en un Telar entramado, doloroso y mágico de intensos recuerdos vividos por una Niña que a su corta edad le obligaron a cambiar sus vestidos de colores por prendas militares y sus inocentes pensamientos por teorías conspirativas.

Ellas: su vida y su dignidad
Hace unos 35 años una bellísima y tímida niña morena, hoy carismática mujer de temple, llegó al caserío Mocoare, una hacienda de Puerto Alvira, inspección de policía del municipio de Mapiripan. Era la Madre de Ella, la niña que abrió el baúl de sus recuerdos, y que hoy se convierten en una Manta multicolor de nuestros relatos. La amplia casa de los padres de la mujer que hace 35 llegó descalza y con el corazón lleno de sueños a Mocoare había sido construida cerca de una laguna, donde antes de la guerra realizaban ceremonias rituales los indígenas tucanes (el nombre tucán es en homenaje a un pájaro de plumaje hermoso, cuyo hábitat es la Amazonía). Danielito un cacique indio junto con don Esteban (nombres cambiados pues aun en el pueblo ronda el fantasma del conflicto) el esposo de la mujer de los sueños -y padre la inocente niña de este relato- hoy venerables ancianos, fueron los fundadores de Mocoare, ellos dieron vida al Internado y ahí luego fundaron el caserío, por ello escuchan tanto lluvia, porque la guerra que vive el Estado colombiano cambio el son ancestral de los tambores que ofrendaban a los dioses, por estridentes sonidos de metrallas que también rendían culto pero al dios del poder y del odio.

La historia la cuenta esta mujer testigo de muchas vicisitudes y lluvias en la selva: “lluvias de agua  de verdad y también lluvia de plomo”, dice con dolor irónico, el relato lo refuerza el anciano Hermides, también fundador de Mocoare y luego Defensor del Pueblo de San José de Guaviare. El hombre narra con resignada nostalgia cómo por los años 70, hasta esta región del departamento del Meta llegó la mujer de los pies descalzos y belleza angelical, entonces pese al rudo trabajo todo era alegría y abundancia, las cosas se hacían con esmerado esfuerzo y cabal honestidad, la vida era comunitaria y reinaba la solidaridad, el mutuo  entendimiento y el trabajo mancomunado, algunos pequeños inconvenientes se resolvían con ayuda de personas mayores y los caciques indígenas, en ocasiones ciertas riñas se resolvían con algún manotón, que luego se limaban al son de un sancocho  colectivo, no había rencores, valía la pena quedarse a vivir allí y ser y hacer comunidad.

Los dos venerables adultos, Ella y Hermides, hoy unidos por el sino de las circunstancias recuerdan la infancia complaciente y plácida que les brindó el entorno llanero y sus respectivas familias. Para la madre de nuestra protagonista, aquella fue una época dorada de sueños, inocencia y consentimiento cómplice de su padre, quien daba la vida por su hija. Luego llegó la adolescencia, sin mayores cambios que ella pudiera percibir; un hecho que le marcó, pero sin mayor trascendencia, fue su traslado a Villavicencio, capital del Meta, para trabajar y hacer estudios secundarios allí.

Con la juventud llegó la madurez, el trabajo y el albor del matrimonio; desde entonces empezó a construir un hogar cimentado en el amor, la confianza, el respeto, principios y valores y la dignidad como pilares de convivencia. De vuelta en Mocoare la mujer de los sueños y su esposo Esteban comenzaron casi 40 años “duros”, de esfuerzo y abnegación, también de dichas y logros alcanzados.

La vida de estas dos mujeres es un cúmulo de recuerdos y desvelos que el conflicto se llevó. Ellas son de la estirpe de gente querida, noble y sufrida que la dinámica de la guerra y el maremoto socio-político de información y desinformación no permite conocer, pero que les hace seres maravillosos, únicos en su paz y portadores de una dignidad venerable e irremplazable. Pero también sus historias están unidas muy profunda y poderosamente a acontecimientos de sus vidas y sus lugares comunes.    

Mientras la niña navega en cuentos de colores, caminatas por la tierra, ríos y lagunas de su infancia, también la rondan los fantasmas del ruido de municiones, digo niña aunque tenga más de 20 años, pues quien más que Ella y la memoria le podrán devolver la niñez que la guerra se llevó, pues ella no precipitó el rompimiento de su historia, fueron las circunstancias que no le dejaron otra elección.

Por otra parte su mamá se transporta al momento en que llegó al pueblo fantasma pero que ella, los indios y su esposo convirtieron Mocoare en una comunidad numerosa y armónica. Fue en Mocoare donde comenzó a lidiar una vida de sacrificios, derrotas y sufrimientos, recompensada luego por tiempos de inmensa satisfacción, logros y gratos momentos: tres hijos varones, tres hijas -la menor tiene hoy 21 años, es excepcionalmente hermosa y es Ella la Niña de nuestra historia-; un hogar de paz, una vida íntegra y digna, alegrías, tristezas superadas, encantos, sueños… En lo material, con su familia forjaron un capital, representado en una amplia finca con casa, cultivos y ganado que le permitió vivir digna y holgadamente con sus hijos por más de treinta años.

Mocoare ¬es hoy un espacio en la memoria que alberga recuerdos y nostalgias; cualquier lugar de su finca se convertía para la familia en escenario de diálogo y proyecciones. De forma ritual el padre y madre con sus hijas e hijos hablaban de sueños y proyectos colectivos, mientras el agua de los ríos corría mansa a sus pies y en las sabanas se pavoneaban a sus anchas reptiles, aves, gallinas, patos, aves de corral, perros, vacas, caballos, así un entorno esbelto de diversos cultivos; además la fauna y la flora de la selva daban a la familia y la comunidad un escenario de paraíso, que sin duda existe en muchos lugares mágicos de nuestros campos.

Pero un día, “la historia cambió su rumbo”, recuerda Hermides, una de las personas más cercanas y queridas por ellas; “es de las pocas personas que ha estado pendiente ayudándonos, sin exigir nada a cambio”, dice esta mujer de casi 50 años que hoy habita a más de 500 kilómetros de su dulce hogar y de su tierra bella y preferida. Después de más de 30 años de trabajo y tranquilidad esta mujer y su familia vivieron el terror de atroces hechos históricos de violencia. Algunos incidentes familiares y comunitarios, pero sobre todo el hecho de tener una tierra prometida les llevó a perder su hogar, su territorio y su finca construida en años de lucha, con mucho amor y constante trabajo. Para entonces el padre se había ido del hogar, pero madre, hijos e hijas sostenían no solo la unidad familiar, sino una real fraternidad y solidaridad familiar. Así recuerda esta noble mujer, aquel momento en que lo perdió todo y tuvo que dejar su tierra y su hogar:

“Ese día lloré, lloré porque perdí todo lo que construí en mi vida, cuando llegue al río me senté y lloré; justo estaba en el punto donde días y años atrás nos íbamos por las tardes con mis hijos, con mis niñas a conversar en el barranco, recordar eso da mucha nostalgia, porque ya no volveremos a hacerlo, por última vez veía la maloka que queda arriba de donde construí mi casita que hoy se ha ido cayendo. Fue muy duro despedirme de mis hijos que quedaron allá, ¡hay no! dejar mis perritos, mis animalitos yo tenía todo: comida, tenía como 150 gallinitas, 16 reses, nunca hemos aguantado hambre, todo lo producía la finquita: cultivos, animales de caza, pescado…”

Años después con voz grave, pero firme y con su mirada solemne recuerda cómo el conflicto arrasó y destruyó sus fatigas y bregas; toda el esfuerzo y sueño de su vida; los sueños, el esfuerzo y la vida de sus seres queridos y de su comunidad. Además la guerra hacia tambalear las raíces de la cultura Tucán, miles de aves morían, las montañas ardían y también ardían en odio los actores de la guerra  tanto los del Estado como de quienes lo combatían en nombre de la fallida e inexistente democracia. Así esta madre recuerda cómo tuvieron que aguantar hambre, en comienzo con sus hijos pequeños, “¡fue muy duro para mí tener que darles un plátano asado y agua sin sal ni dulce cuando ellos me pedían de comer!”

La guerra en Mocoare, Mapiripan: Huellas imborrables
La violencia cuando llegó al Llano acabó años bellísimos de incesantes logros, sueños, momentos y con muchas comunidades y hogares como los de Mocoare. Comenzó primero con la llegada de los guerrilleros, los militares y luego los paramilitares. La mujer de los sueños y fundadora del pueblo tuvo que enfrentársele a la guerrilla de las Farc para arrebatarles uno de sus hijos que se le llevaron cuando él estaba tomado por allá en un tienda. Esta es una estrategia de los actores armados ilegales para llevar muchachos a la guerra, “les abordan cuando están tomados y les pintan ‘pajaritos en el aire’ para que tomen las armas, aprovechando la necesidad e inocencia de los jóvenes reclutados, mayoría menores de edad”, explicó el entonces Defensor del Pueblo de Guaviare, Dr. Héctor López.

 La historia que recuerda Ella, primera reina de Mocoare, si bien prefiere no quedarse mucho tiempo en recuerdos de Puerto Alvira y Mapiripan, evidencia cómo los paramilitares en su estadía allí mataban mucha gente inocente. Ella misma fue víctima de la masacre de 1997 que dejo unos 50 muertos y un sinnúmero de desaparecidos. En aquella ocasión tres de sus hermanos viajaban por la zona conduciendo camiones que transportaban alimentos y otras mercancías. La paranoia y la sed de sangre de los paramilitares les hacían creer que todo el mundo era colaborador de la guerrilla y empezaron a “ajustar cuentas”, fue así como sus tres hermanos desaparecieron; uno lo encontraron muerto, tiempo después los paramilitares devolvieron su cuerpo. Los otros siguen desaparecidos.

La historia de Ellas no puede desligarse de una sucesión de hechos inimaginables que marcaron el desarrollo de un cruento conflicto histórico orquestado contra la población civil mapiripeña por los grupos paramilitares, en gran medida, y también por las acciones de los grupos guerrilleros, que desencadenaron la masacre ocurrida en la región llanera durante los años 1997 y 1998. La Incursión paramilitar a Mapiripan desencadenó en la masacre de más de 70 personas, torturas, desapariciones forzadas, desplazamientos, amenazas, estigmatizaciones y una cadena de iniquidades que hacen parte de la historia sórdida de la violencia en Colombia.

La fragilidad de la Fuerza Pública colombiana, cuestionada por la sociedad civil y la Comunidad Internacional, para repeler la feroz matanza dejó a los pobladores a merced del infortunio y de la sevicia del escuadrón “justiciero” de los paramilitares. Un primer episodio de la escalada violenta ocurrida en 1997: alrededor de medio centenar de personas fueron ejecutadas en Mapiripan. Por esta masacre la Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró al Estado colombiano y su gobierno responsable por violación de los derechos a la vida, integridad y libertad personales de las víctimas de la masacre. Responsable de violación del derecho al debido proceso y la protección judicial de las víctimas y sus familiares (artículos 8 y 25 Convención Americana), y del incumplimiento de su obligación de asegurar el respeto de los derechos previstos en dicho Tratado (2).

Pero este pueblo volvió a sufrir el terror un año después cuando otra acción de un grupo paramilitar sembró el terror en Puerto Alvira. Los hechos sucedieron en mayo de 1998, unas 25 personas fueron masacradas por unos 200 paramilitares. De los 2500 habitantes, que entonces vivieron el terror, más de mil se desplazaron, algunos como Ellas y su familia se sobrepusieron al miedo y se quedaron un tiempo más. No obstante la temeridad y la inquina con que fueron perseguidos los indefensos pobladores de la región por los paramilitares y los actores armados obligo a esta familia y muchas otras a abandonar sus hogares, aun en tiempos en que las AUC negociaban “la paz” con el Estado colombiano, se desmovilizaban y dejaban las armas.

Esta familia hace parte de la historia del desplazamiento forzado, que en la región es causado por el conflicto, trágico de drogas, enfermedades y la desterritorialización (por colonización y conflicto). Según datos de la Defensoría del Guariere, para 2009 el número de desplazados ascendía a unos 22 mil (de un total de 60 mil habitantes del departamento), aunque es una población fluctuante que va y viene. Algunos se quedan pensando en nuevas formas de vida, así como muchos también llegan desplazados de otras regiones para mejorar su nivel de vida, como el caso de Ellas.

La historia fragmentada

“Resulta curioso cómo la gente todavía espera con ansia noticias de un lugar del que han huido y cómo anhelan oír los sonidos familiares del hogar, como si quisieran confirmarse a sí mismos que están vivos”, Palden Gyatso.

Recuerdo como aquella tarde lluviosa en San José del Guaviare Ella, la hermosa y joven mujer que teje esta colorida Manta comunicativa, se quedaba en un silencio infinito y conmovedor, su mirada estaba perdida en el tiempo, observando la lluvia que mezclada de viento inundaba la casa, así como sus recuerdos. A sus siete añitos la niña cocinaba, reía, jugaba, corría y era feliz, la armonía, el cariño, el respeto y la dignidad fluían en su hogar. Apenas me percaté que no debía interrumpir este ritual sagrado y retrospectivo del ser de una Niña que reconstruía en escenas los hilos de una vida y un hogar roto por la guerra, que poco a poco con su madre han ido reconstruyendo.

Después de un prologado encuentro interior, ahora la hija menor del hogar de los sueños y ensueños de la familia dejaba brotar a borbollones sus recuerdos de infancia, “cuando estaba contenta o triste hablábamos con mamá y mis hermanos, nos íbamos para el barranco a orillas del río. Ahora que nos vinimos mis amigos de escuela quedaron allá, Mocoare es el recuerdo de mi infancia rota, si uno tenía hambre cogía yuca, plátanos, una gallina y hacia sancocho. Yo le ayudaba a mamita; a las cuatro de la mañana nos levantábamos con mis hermanas a ayudarle a cocinar para los obreros… la Vida era bonita…”

Ahora en su casa urbana como inquilinas, no pueden desempeñarse en las actividades agrícolas que realizaban en su finca del Llano. Ella y su hija se sienten impotentes y desamparadas del Estado y de su gobierno que tampoco les garantizó la seguridad para permanecer en su hogar construido en casi medio siglo de luchas, alegrías y múltiples circunstancias. En 2009 llevaban de nuevo año y medio desplazadas y sólo habían recibido una precaria ayuda de 264.000 pesos y luego una que le otorgó Acción Social por $ 254.000.

No ha sido fácil para Ellas la vida urbana. “Vivo con dos de mis hijas y dos niñas de mi hija, nietas, pero es como si también fueran mis hijas. Recién llegadas a la ciudad -donde todo hay que comprar: un plátano vale 500 pesos, un limón 200… cuando en mi finca se perdían- comencé a trabajar en las noches vendiendo comida, pero mis hijas no me dejaron”, relata esta madre desplazada dos veces por la violencia. Fue entonces cuando su hija de 21 años le salió al ring de la vida con dignidad, valor y empeño. “Mi sueño es que mamá no trabaje, ella gastó su vida por nosotros, ahora sus hijos debemos responder por ella”. En San José esta apuesta joven concluye su bachillerato y mira la vida con tenacidad y esperanza, hace distintos trabajos de digitación y hasta trabaja por días en casas de familia para contribuir al sustento del hogar, que aún tiene cimientos de grandeza…

Pero esta joven, en su corta edad también vivió, la huella de su propio dolor marcado por un hecho de repudiable censura para sus actores que le obligaron a ser parte del conflicto y que a ella le arrancó buena parte de su vida y de su paz que hoy restaura recordando desde su memoria. Este episodio a pedido de Ella solo lo mencionaremos sin más detalles, pues ella lo narra con profunda y sensible añoranza para sanar las heridas que le dejó la guerra.

Por mi parte soy testigo silencioso de cuan cruel le marcó este momento a su niñez y juventud, si bien con su relato sentí que descargaba un horrible peso, hoy después de cuatro años no he podido dejar de pensar si habrá restaurada su infancia rota; seguro sí Ella es una mujer admirable y muy valiente y alegre a pesar de su compleja y dolorosa historia. No obstante procurare ubicarla y volver a llevarle un abrazo y unas sonrisas inmensas como los que Ella y su madre me brindaron esa tarde cuando me compartieron los hilos de este relato. Abrumado me despedí de su hogar, destrozado por la angustia de saberme impotente ante tanto dolor, pero también animado por ver tanta dignidad y tenacidad en esos seres que nunca han dejado de ser amables aunque el odio haya descargado sobre ellos todo su rigor.        

Pero antes de salir de la casa supe que Ellas habían recibido en su casa, como una hija más, a una niña indígena desplazada por la guerra, acto bondadoso que embellece más esta Manta histórica de la memoria. Hermides, me lo contó al despedirme y me presento la niña que entonces regresaba, para él un legendario luchador pacífico, este es un gesto verdaderamente loable de Ellas, “en medio de la precariedad en que viven, es un ejemplo de solidaridad que nos falta a muchos”. No obstante el rostro de este curtido y sencillo hombre está marcado por un gesto de desesperanza; sostiene que la vida de Ellas en la ciudad es muy difícil, “pero Ellas han asumido esta situación con gran valor y dignidad”. No hay condiciones para un retorno a Mocoare: “la cosa está cada vez más delicada, no sólo por el conflicto, sino que la entrada de compañías petroleras a explorar la zona agudiza más la situación; se intensificó la militarización y como hay otros actores armados en la región, entonces reina la zozobra y la intranquilidad”, concluyó el anciano para despedirme con un abrazo.

Cuando me despedí de Ellas mí alma estaba rota, pero había asistido a un momento memorable de catarsis del dolor profundo: fue valiosos y gratificante para Ellas y para mí. Seguía lloviendo, los árboles pequeños casi se desprendían de la tierra. No obstante la lluvia Ellas salieron a despedirme con fervoroso cariño; fue solemne aquel momento: sonrisas, miradas, gratitud. Son Ellas, quienes aunque impotentes construyen día a día el telar que la guerra destruyó. Este reportaje lo escribí inicialmente en 2009. Hoy, abril de 2014, El Telar de Mantas lo convierte en una bella Manta comunicativa, adornada por el dolor, el amor y la memoria de Ellas a quienes adoró y admiró con todo mi corazón. 

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1. Palden, Gyatso, Fuego bajo la nieve, Memorias de un prisionero tibetano. Ediciones B. Grupo Zeta.

2. Corte Interamericana de Derechos Humanos, caso de la “Masacre de Mapiripan” vs. Colombia: “Excepciones preliminares y reconocimiento de responsabilidad”, Sentencia de 7 de marzo de 2005.

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