Raíces y Memoria

 
 

Del campo y la tierrita Pa’ Sumerce

Nuestro campo es un entramado de saberes, culturas y cultivos, que se materializa en bellísimas Mantas de cantos, relatos y colores de armonía y libertad...

Por: Ismael Paredes, El Telar de Mantas


En el campo y con los campesinos aré la tierra, sembré coliflor, cilantro, perejil, variedades de papa, legumbres, maíz y trigo, frutos con los que mi adorada y hermosa madrecita preparaba alimento y ofrendaba, como muchas mujeres del campo, su gratitud al Fuego Creador. Fruto de mi admiración y mi infinita gratitud al campo y nuestros campesinos y, del legado de mis viejos del alma, escribo estas letras al campesinado, gente sencilla y grandiosa que hace posible la vida; pues, en definitiva, no hay posibilidad de vivir sin el alimento que nos provee la Madre Naturaleza, embellecida por quienes laboran y cuidan nuestra madre tierra con esmerada entrega, amor y dignidad.

Campesinos, somos un pueblo

Soy hijo del campo, heredero de ancestros indígenas y campesinos; ser campesino me llena, es mi más grande honor y el más grande regalo de mis viejos. Campesino honesto y cabal, sencillo y rudo como fue mi padre, quien me inculcó respeto y aprecio al Otro, ‘hijo siempre tienes que respetar la otra persona, no debes dejarte eso sí de nadie, pero siempre procura apreciar y ser amable con quien esté a tu alrededor y ofrécele algo: un tinto, un plato de comida o una sonrisa…’, me decía.

Vanjelio, era el nombre cariñoso que daban los amigos a mi padre Evangelista, quien sembró y vio crecer muchas semillas puras de papa, trigo, cebada, alcachofa, frijol, maíz, anís, altamisa, auyama, calabazo, arracacha, hortalizas, sauco, aliso y diversas legumbres, que guardó mi viejo y mi madre siempre acariciaba como si fueran otras hijas suyas.

Plaza de mercado, muncipio JericóCampesinos de linaje fueron mis viejos, los dos murieron y herede del uno su coraje y su terquedad de alcanzar los sueños y; de mi mamá Anita herede el cariño, la comprensión y el gusto y aprecio por las flores, las plantas y los animales, seres que siempre había en abundancia, en nuestro hábitat bendito del piedemonte oriental de la Cordillera Andina. Mi madre fue un ángel, un ser bellísimo a quien adoré y adoro con inmenso fervor y, cuyo corazón se llenó de cariño, bondad y generosidad.

Con mis viejos viví feliz y enamorado del campo mi niñez y juventud. En sus montañas y en sus mágicas noches de luna esbelta, me enamore por primera vez, un acto bellísimo que nos marca bella y profundamente. En el campo las mujeres son tiernamente hermosas, se entregan al hombre con esmerado fervor y uno se entrega a ellas con inocente ingenuidad, con infinito amor y casi que con refinada locura.

Con los campesinos sembré y recogí frutas y hortalizas que compartía con los paisanos de la vereda, allá en el trueque Sumerce, y ellos me daban derivados de leche: mantequilla, cuajada y queso; me daban panela, arepa, chicha, cabro asado y anís para armonizar la vida. Fui arriero, domé potrancas y potros finos que muchas veces me fracturaron los huesos, pero éramos compañeros de camino; en el campo el jinete o es indomable o es incapaz y, nadie quiere llevar este último apelativo y por ello mis alazanes fueron testigos de mis primeras conquistas tanto en el amor, como en el trabajo.

Cusagüi, Boyacá Los jóvenes tomábamos cerveza y chirrinche con los adultos y aprendíamos de ellos a negociar, por ello en mercados, en ferias y fiestas (que siempre encontraremos en cualquier pueblo de Colombia), sacábamos a relucir los dotes de vendedores y compradores, a veces obtenía amplias ganancias y a veces pérdidas irreparables; ese es el campo y no había rencores; “como en el amor, en los negocios se pierde y se gana” me consolaba Vanjelio, cuando me ‘desplumaba’ otro más vivo; “así es que le enseñe joven”, me felicitaba cuando acertaba en una jugosa ganancia.

Finalmente la vida me domó a mí; me enseñó a no ser arrogante, ni engreído, me enseñó la sencillez y la solidaridad. Por ello adoro al campo y al campesino y daría mi vida, si es preciso, por ellos. Los mejores momentos los debo al campo, a la naturaleza y a los campesinos.

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Cusagüi Boyacá, Cordillera - Sierra del Cocuy  Hago una pausa y una alteración del relato para contar que este relato lo escribí inicialmente en septiembre del año 2013, cuando miserablemente e irresponsablemente el gobierno colombiano, la sociedad elite y los mass media, medios de desinformación comerciales, llenos de inquina hacia nuestros campesinos quisieron acabarlos con su veneno de difamaciones y municiones.

Con todo y lo que el campo me ha dado cómo no unirme a la indignación colectiva, que se vivió en la movilización de campesinos en agosto y septiembre en el Paro Nacional Agrario y Popular, que concluyó como una manifestación pacífica por el abandono estatal y, rechazo digno y justo contra la represión del gobierno a los campesinos y, cuestionamiento a las temidas difamaciones mediáticas. Descaradamente medios de comunicación, como la revista Semana (que en otros temas hace, sin duda, un valioso, buen y hasta arriesgado periodismo, pero ahora se ponía contra el campo) tituló entonces: “manifestaciones pasaron de reclamos justos a vandalismo” . Sin embargo la publicación no fue tan grave comparada con la cantidad de veneno arrojado por otros noticieros de otras cadenas radiales y televisivas contra el campesinado. A ello se sumaron las acciones violentas y de rabia del ESMAD contra su propio pueblo.

Pero los campesinos con su amabilidad, pese a su coraje del campo, en ríos de humanidad, salieron a decirle al gobierno y a la “flamante” opinión: “oiga sumercecitos habrá que rogarles, cafrecitos, para que nos presten atención… Hay gobiernito de ‘Santos’ ¿habrá que montar campos de golf en todo Colombia para que sumerce se acuerde que su familia allá en Boyacá  Campesinos de Saboya, madrugan al nuevo día fue artífice de acabar con los últimos indiecitos mugrosos del norte del departamento?”

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Por ello sigo tan ligado al campo como el cordón umbilical de mi existencia, aunque vivir 12 largos  años en una ciudad tan densa y tan diversa como Bogotá también me ha enseñado más a apreciar su magnificencia, sus gentes y sus culturas indias y campesinas. Nuestro campo es un entramado Telar de saberes, culturas, gente y cultivos, que se materializa en bellísimas Mantas coloridas de relatos e inspiraciones que alimentaran este recorrido por lo más excelso y complejo de nuestros campos. Si bien se puede o no vivir en una ciudad, jamás se puede vivir sin el Campo y sin los campesinos.

Primera publicación Septiembre 01 – 2013 (Ver Publicación Tejido de Comunicaciones Nasa ACIN)

Reedición: 07 de abril de 2014, Altiplano cundiboyacense, tierra de Telares y de Mantas
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1. http://www.semana.com/nacion/articulo/paro-agrario-dos-caras-protesta/356110-3

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